Gluis y la caca han tenido, desde siempre, una relación que raya con lo amoroso. Se buscan, se pelean, se reencuentran, se juran pasión eterna.
Por ejemplo, hace dos años, antes de una lectura en sala (Gluis es abogado), se decidió a comer una empanada de lomo saltado en la Av. Iquitos. Si, ahí donde compras tus autopartes, él compra comida.
Durante una hora todo bien, sin contratiempos. Su estomago, por otro lado, pensaba diferente. Tras poco más de 60 minutos calmos, comenzó a gruñir. Gluis no comprendía –y hasta el día de hoy no lo hace- qué podría haber causado tal reacción.
La conclusión lógica a la que llegó fue impecable: eso solo podía arreglarse soltando brutales gases. Según cuenta, incluso él se sintió asqueado por el salvaje olor. El juez tuvo que detener la lectura en la pequeña habitación. Era insoportable. Pero Gluis no se detuvo. Le llego al huevo.
Fue tan hediondo que el juez tuvo que suspender la lectura e invitarlo a usar los servicios higiénicos… Como Gluis es recontra caradura, y en lugar de negarlo todo hasta el último, como sabiamente le hemos enseñado sus amistades, corrió a descargar su abultado vientre. Regreso a la sala campante y feliz, como si nada hubiera pasado.
Desgraciadamente, ese tipo de procesos toman años, así que no habrá forma de medir qué clase de efecto tuvo Gluis en el colegiado.
Meses después, durante una ajetreada tarde en el estudio, su jefe le pidió que llenara un informe. Como ayuda, debería usar un libro que este le recomendó, de su biblioteca personal. Gluis es un hombre responsable, así que se metió de lleno a la lectura del tomo jurídico.
Como solo pocos entenderán, no hay mejor asiento para la lectura que un inodoro. Es cómodo y, mientras esperas y disfrutas de la maravilla de tu sistema digestivo, lees un libro sobre leyes laborales. Al menos eso pensó Gluis, quien se sentó con el texto en las manos.
Una vez que termino que cagar, puso el libro sobre la tapa del tanque y comenzó a limpiarse. Para variar, el estomago de Gluis no estaba de buenas, de modo que el contenido que alberga el recto y que por lo general varía entre solido y pastoso, en esta ocasión era aguado.
Como Gluis es naturalmente torpe, tropezó y golpeó el libro. ste cayó dentro de la taza. No podía fallar. El libro termino con una coloración marrón y un olor que solo Gluis podría describir, pero que no quisimos que hiciera.
Por suerte era viernes, el libro era de la editorial de la Católica y Gluis tenía clases al día sgte. El libro podría ser repuesto y el informe terminado. PERO! PERO! PERO! No estamos hablando de un ser humano normal. Es Gluis.
Una hora despuésnlo llamo su jefe, pidiéndole prestado el libro. Necesitaba confirmar una información. Gluis subió, libro bajo el brazo, al despacho de su empleador. Le puso el libro en las manos y, como este notara un color raro en las páginas y un olor raro, preguntó qué había pasado. Gluis, con toda sinceridad, narró lo sucedido ante la mirada atónita de su jefe.
Este terminó de escuchar, asintió un par de veces y… le lanzó con furia el libro a Gluis, diciéndole “Y todavía me haces cogerlo! :@”. Por suerte, era buena gente y no lo despidió. Habría sido una “mancha” horrible en su curriculum.
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1 comentarios:
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